Palabras en el trigésimo aniversario del Consorcio de Universidades por Salomón Lerner Febres, rector fundador

26/06/2026

Señora directora del Consorcio de Universidades,

Señores rectores y rectoras, autoridades, colegas, amigas y amigos:

Hay aniversarios que se celebran y aniversarios que, además, se recuerdan; aquellos en los que uno no solo asiste a una conmemoración, sino que vuelve, por un instante, al lugar de su nacimiento. Para quienes tuvimos el privilegio de estar presentes en 1996, cuando cuatro universidades resolvieron unir sus esfuerzos sin renunciar a su identidad, esta noche tiene el sabor entrañable de la memoria. Treinta años después, contemplo lo entonces sembrado y confieso, con serena alegría, que el tiempo ha sido generoso con nuestra propuesta.

Permítanme, pues, hablar menos como quien dicta un balance y más como quien rinde un testimonio. Porque el Consorcio no fue, en su origen, un acuerdo administrativo entre instituciones: fue un acto de convicción en una cierta idea de universidad, en un momento en que esa idea comenzaba a ser puesta en entredicho.

Conviene recordar aquel contexto, porque explica nuestro nacimiento. El Consorcio surgió en los años en que el país replanteaba el carácter mismo de la universidad y ensayaba su transformación en una empresa con fines de lucro. Aquella corriente —vestida con el lenguaje seductor de la modernización y el acceso— traía consigo una confusión que considerábamos, y seguimos considerando, profundamente dañina: la de poner en pie de igualdad a las universidades que reinvierten lo que reciben con aquellas concebidas para generar ganancias. No se trata de una distinción menor ni de un reproche moral. Se trata de comprender qué puede hacer cada cual con sus recursos. La universidad que reinvierte puede destinar lo obtenido a la investigación que no rinde frutos inmediatos, y puede sostener carreras que jamás figurarán entre las más rentables, pero que son imprescindibles para la formación integral de la persona y para el desarrollo de una sociedad que aspire a ser algo más que un mercado. Las humanidades, las ciencias básicas, las artes, el pensamiento que no cotiza: todo aquello que una lógica estrictamente crematística declararía superfluo es, en verdad, el cimiento sobre el cual se levanta lo demás.

El Consorcio no nació, sin embargo, para ser un club de privilegiados ni una cofradía de instituciones que se contemplan a sí mismas. Nació, sobre todo, para ser una voz que respondiera a las necesidades reales de la sociedad peruana frente a aquella nueva concepción de los estudios superiores convertidos en mercancía. Es justo reconocer que tal concepción demostró ser capaz de masificar el acceso a la educación superior, y ese no es un logro despreciable en un país de tantas postergaciones. Pero lo hizo con demasiada frecuencia a un precio altísimo: el sacrificio de los fundamentos mismos de la ciencia y del conocimiento. Se multiplicaron las aulas y se diluyó el saber; creció la matrícula y menguó la exigencia. Frente a ello, callar habría sido una forma de complicidad. Por eso, el Consorcio alzó la voz cuando fue necesario hacerlo: en las circunstancias de la pandemia, ante quienes promovieron la contrarreforma universitaria y, más recientemente, frente a quienes pretendían imponer atajos que reducían el acceso a la universidad a un mero trámite. No hablábamos por nosotros: hablábamos por el derecho de los estudiantes del Perú a una educación superior digna de ese nombre.

Y aquí reside, a mi juicio, lo más hondo de nuestra convicción. El Consorcio entendió desde el principio que la universidad existe para servir, sí, pero no a un cliente sino a una sociedad. La diferencia entre ambas palabras lo dice todo. El cliente paga y se retira; la sociedad recibe y permanece. El cliente reclama un producto; la sociedad espera ciudadanos, profesionales íntegros, conciencia crítica, memoria y porvenir. Quien concibe al estudiante como cliente termina por concebir el conocimiento como mercancía y la universidad como un servicio adaptado a los deseos del estudiante, y no como un lugar de forjamiento del carácter y del pensamiento. Nosotros nos negamos a esa reducción. Por eso, antes que encerrarnos, buscamos abrirnos: fomentamos alianzas, procuramos trabajos conjuntos con los más diversos sectores de la sociedad peruana, tendimos puentes hacia el Estado y las organizaciones de la sociedad civil. Servir a la sociedad peruana, y no a un comprador anónimo, ha sido la brújula de estos treinta años.

De esa convicción nació el modo de obrar que hasta hoy nos define. El Consorcio unió —y todavía une— los esfuerzos de sus universidades para fortalecerse mutuamente: compartir recursos, sostener el liderazgo académico de cada una y defender, juntas, aquello que, separadas, habría sido más frágil. Lo que protegemos, en el fondo, es un concepto de universidad que no pocos consideraban entonces y siguen considerando ahora una reliquia anacrónica. Yo sostengo lo contrario. Creo firmemente que es precisamente ese concepto —el de la universidad como comunidad de saber al servicio del país— el único que responde verdaderamente a la sociedad, y el único capaz de preservar los fundamentos de la ciencia y del conocimiento en general. Y conviene decirlo con claridad a quienes invocan el progreso para desdeñar lo que llaman saberes inútiles: sin esos fundamentos, la tecnología misma se vuelve imposible. No hay innovación que no se nutra de la ciencia básica; no hay aplicación que no descienda de un principio; no hay porvenir técnico que no se apoye en la paciente labor del pensamiento que no busca de inmediato ningún rédito; no hay líderes que conduzcan a la sociedad a caminos más prósperos que ignoren los fundamentos del pensamiento.

¿Me permitirán ustedes una breve digresión filosófica que no es ornamento sino raíz? Hace más de dos siglos, Immanuel Kant escribió un opúsculo lúcido y profético titulado El conflicto de las facultades. Reflexionaba allí sobre la tensión entre las facultades llamadas «superiores» —las que el poder considera útiles porque forman funcionarios al servicio del Estado— y la facultad de filosofía, aparentemente «inferior» por carecer de utilidad inmediata, pero a la que Kant asignaba una misión irrenunciable: decir libremente la verdad, sin más interés que el de la razón misma. Esa facultad, sostenía, debe permanecer autónoma, porque solo ella garantiza que el saber no se subordine al provecho ni a la conveniencia del momento. Treinta años de Consorcio me confirman cuán vigente sigue siendo aquella intuición. La universidad que defendemos es, en cierto modo, la heredera de esa facultad kantiana: la que se reserva el derecho de cultivar el conocimiento por sí mismo, de formar el juicio antes que el oficio, y de recordarle a la sociedad —aun cuando esta no quiera oírlo— que no todo lo valioso es rentable, ni todo lo rentable es valioso.

Por eso afirmo, sin temor a equivocarme, que el tiempo nos ha dado la razón. Si todavía existe calidad en la educación superior peruana, ello se debe, entre otras razones, a esta terca unidad que ha sabido preservar el ser mismo de la universidad. No fuimos los únicos, ni reclamamos para nosotros mérito alguno exclusivo; pero fuimos, sí, una de las voces que se negaron a callar y una de las manos que se negaron a soltar. Estos treinta años han sido extraordinariamente fecundos, y vendrán muchos más. Lo digo en un país política y moralmente desorientado, atravesado por la incertidumbre y la fatiga, donde resulta más fácil ceder al desencanto que sostener una esperanza. Y, sin embargo, es precisamente en tiempos así cuando las instituciones que guardan un sentido se vuelven indispensables, como faros modestos pero firmes en medio de la bruma.

Permítanme, entonces, regresar a la palabra que nos congrega. Consorcio viene del latín cum sorte: compartir la misma suerte, el mismo destino. No el azar, sino el modo deliberado de andar juntos por un camino. Eso hemos sido y eso seguiremos siendo: cuatro casas de estudio que decidieron hace treinta años que su suerte sería común. En esa unión ha residido siempre nuestra fortaleza, y en ella seguirá residiendo. Que las generaciones que nos sucedan reciban este legado no como un monumento contemplado, sino como una llama que se cuida y se transmite. Gracias por estos treinta años y por todos los que, unidos, aún sabremos construir.

Muchas gracias,

SALOMÓN LERNER FEBRES
Rector Emérito
PONTIFICIA UNIVERSIDAD CATÓLICA DEL PERÚ

Lima, 26.06.26

Imágenes: DCI – PUCP, UPCH.