La Responsabilidad de Formar – Discurso para el Consorcio de Universidades
Quiero agradecer al Consorcio de Universidades, en el nombre de la Dra. Martha Chavez, nuestra anfitriona, la Doctora Patricia Stuart, el Doctor Wilfredo Gonzales y el Doctor Julio del Valle por invitarme a ser parte de la celebración de los 30 años del Consorcio de Universidades. He estudiado en una de ellas, enseñado en dos ellas y tengo grados de la Universidad Católica y de la Universidad Cayetano Heredia, y tengo amigos en todas ellas, así que siento que estoy hablando de universidades con el cual tengo un vínculo muy fuerte y que han marcado mi vida. Por eso me dirijo a ustedes rectores y comunidad universitaria no sólo con respeto sino con profundo agradecimiento.
Hace algunos años escuché a Javier Moreno, entonces director de El País, explicar con elegancia la naturaleza de su oficio. Decía que, como periodista, su trabajo consistía en quejarse. Que dar soluciones no era asunto suyo.
Yo confieso que envidio un poco esa libertad. Pero no la tengo. Yo no escogí ser periodista. Soy economista, escogí ser investigador y trabajar en política pública, y eso me condena a un mundo más incómodo: el mundo de los que identificado el problema tienen que proponer soluciones e implementarlas.
Y para mala suerte de ustedes, quienes trabajan en una universidad viven en ese mismo mundo, de investigar, diagnosticar, entender, proponer y además formar . Esa es, quizás, la primera responsabilidad que comparten todos los que están en esta sala.
Porque, de eso quiero hablarles esta noche: de responsabilidad. De la responsabilidad que tiene la universidad peruana en la tarea más decisiva que enfrenta el país. Y de cómo esa responsabilidad, para este Consorcio de Universidades , es todavía mayor.

La materia prima de las naciones
El Perú es un país rico en recursos naturales. Y, sin embargo, no es eso lo que nos hará prósperos. Corea y Singapur no tienen recursos naturales y son ricos. Finlandia tiene inmensos bosques, pero no es rica porque fabrique muebles: es rica porque de su gente salió Nokia. Lo que separa a las naciones que prosperan de las que se estancan no es lo que tienen bajo el suelo. Es lo que tienen en la cabeza. Es su capital humano.
Ese capital humano se acumula inicialmente en las escuelas, pero una gran parte se acumula aquí, en edificiosn como este, en sus aulas, en sus laboratorios, en sus bibliotecas.
Formar ese capital humano es la gran responsabilidad de la universidad peruana.
La frase «formar capital humano» suena economicista, y yo quiero ir más allá del economista.
Formar capital humano significa formar a una persona completa, en el plano académico, el plano técnico, el plano humanístico y el plano de la ciudadanía. Conocimiento, oficio, sensibilidad y compromiso. Las cuatro cosas, en la misma persona, al mismo tiempo.
Esa es la responsabilidad de la universidad peruana. Y dentro de ese sistema, aún más responsabilidad tienen aquellos que ejercen un liderazgo intelectual y académico. Por eso este Consorcio importa tanto, y mas aún en estos tiempos.
La sola existencia de este Consorcio es una inmensa fortaleza para el país. En un tiempo en el que la confianza en las instituciones está cuestionada —en el Perú, en América Latina y en el mundo entero—, tener una asociación, en la que voluntariamente se únen buenas instituciones para buenos fines es algo extraordinario. La sola existencia de ese espacio , con el que ya se han hecho cosas buenas, pero que tiene un potencial inmenso, es algo extraordinario . Y lo extraordinario hay que cuidarlo, hay que nutrirlo y hay que aprovecharlo.
Así que esta noche quiero plantearles tres responsabilidades. Tres tareas que recaen sobre la universidad peruana como sistema, y sobre quienes hacen la universidad posible: catedráticos, autoridades, gestores, y de manera especial, sobre las universidades de este consorcio, en este momento singular de la historia.
Primero, la responsabilidad de formar -a nuestro capital humano- para un mundo cada vez más incierto.
Segundo, la responsabilidad de fomentar y promover el esfuerzo y la excelencia.
Y finalmente, la responsabilidad de formar ciudadanos y custodiar la verdad.

Primera responsabilidad: formar para un futuro que no podemos predecir
Al idioma español le faltan superlativos para capturar la diferencia entre lo que está pasando hoy y lo que pasó antes, la magnitud de las transformaciones que estamos viviendo.
Ustedes ya han escuchado que la inteligencia artificial es comparable a la invención del fuego, de la electricidad, de la máquina de vapor, del internet. Y es cierto: todas son tecnologías de propósito general, tecnologías que cambian cómo vivimos, cómo producimos, cpomo nos entretenemos, cómo nos comunicamos. La diferencia no está en qué tanto estas tecnologías han cambiado nuestras vidas. La diferencia está en la velocidad.
La electricidad transformó cada aspecto de la vida humana. Se empezó a usar masivamente hace más de 130 años, pero ha tardado mucho en llegar a todos. Y todavía hay un 10 por ciento de peruanos en áreas rurales sin acceso a ella. Cien años, y no llegamos a todos. En cambio, el internet llegó hace apenas 35 años y ya alcanza al 75% de la gente. La inteligencia artificial, estuvo disponible para uso general hace menos de tres años, y mas de la mitad de los que tienen acceso a internet la usan directamente — casi todos de manera indirecta, porque cualquiera que hace una búsqueda en Google o compra algo en una aplicación, ya está usando inteligencia artificial sin saberlo.
Esa es la velocidad de la que hablo.
Y esa velocidad está cambiando la estructura y características del mundo del trabajo.
La pregunta que nos hacemos y que se debe de estar haciendo cualquier joven: ¿qué ocupaciones existirán en diez años? Desaparecen ocupaciones enteras —traductores, asistentes contables, ciertos programadores— mientras otras explotan en demanda. Y dentro de cada ocupación que sobrevive, cambian las tareas. Pero es muy difícil saber cuales. En 2018 Geoff Hinton, Nobel de Física y a través de su trabajo en redes neuronales uno de los arquitectos de la Inteligencia Artificial predecía que ya no se necesitarían radiólogos, porque la máquina leía las imágenes mejor que el médico. Hoy la demanda de radiólogos ha aumentado, porque aparecieron nuevos tipos de imágenes que interpretar. Es decir, solo muy malos prediciendo. ¿Qué tareas habrá que dominar? ¿Qué deberíamos estar enseñando hoy a un joven que se graduará mañana?
Y la conclusión de la literatura académica, hoy, es una sola: no lo sabemos. No sabemos qué empleos quedarán. No sabemos qué tareas exigirán. No sabemos cómo será el mercado de trabajo.
Pero no saber no nos exime de responsabilidad. Al contrario: define una inmensa responsabilidad para las universidades.
Hace más de cincuenta años, Theodore Schultz, Premio Nobel de Economía, nos dejó una pista. Schultz argumentó que la educación sirve, sobre todo, para ayudar a las personas a navegar los períodos de desequilibrio económico, de incertidumbre.
¿Cuál es entonces la habilidad que la universidad debe formar cuando no sabe para qué empleo está formando? La respuesta es la adaptabilidad. La capacidad de seguir aprendiendo. La capacidad de reinventarse. La capacidad de pensar.
Y pensar bien es un conjunto de músculos que la universidad debe entrenar. Es la capacidad de reunir evidencia de fuentes diversas e interpretarla con sensibilidad al contexto. Es la capacidad de reconocer la estructura lógica de un argumento, el propio y el ajeno, y evaluar su validez detectando la falacia, la extrapolación, el lugar común, el supuesto escondido. Y es la capacidad de construir un argumento sólido, basdo en evidencia, defenderlo con arte y claridad y, llegado el momento, si hay nueva evidencia, cambiar de opinión frente a un argumento mejor.
¿Y dónde se entrenan esos músculos?
A pesar…. de que esta es una sala llena de economistas, ingenieros y administradores, hay que decir que esos músculos se entrenan, sobre todo, en las humanidades. En estas épocas se ha tratado a la filosofía, la historia, la literatura o el arte como un adorno, algo dispensable en un mundo educativo en el que hay que aprender “lo que sirve ”. Es exactamente al revés. El pensamiento crítico, la creatividad y la comunicación —habilidades que todo empleador busca y son escasas, y que ninguna máquina reemplaza— no se descargan de una aplicación. Se cultivan leyendo al Galileo que pensó distinto, reconstruyendo cómo se derrumbó un imperio, discutiendo si una decisión legal o política fue justa, escribiendo hasta que una idea confusa se vuelve clara. Son las habilidades más difíciles de enseñar y las única que preservan nuestra humanidad. Y, podrían ser las habilidades que suben de precio, porque la retribución a todo lo que sí puede hacer una máquina -desde un plan de marketing hasta manejar un taxi, como ya se ve en San Francisco- van a bajar de precio. Quizás, digo, porque somos muy malos prediciendo.
No hablo aquí del estudiante de filosofía, sociología o de ciencias políticas, sino sobre todo, del futuro economista, del ingeniero informático, del gestor, del comunicador, del médico que ustedes están formando. Porque la parte técnica de su oficio -resolver la ecuación, escribir el código, armar el modelo, hacer el diagnóstico- en eso uno se podrá apoyar muchísimo en la inteligencia artificial. Lo humano es saber qué pregunta vale la pena resolver, imaginar la solución que nadie ha visto y convencer a otros de lo que vale la pena. Las humanidades vuelven más poderosa a la formación técnica.
¿Y cómo se hace esto en la práctica? No hay una receta única, pero hay ejemplos que vale la pena mirar. El Manhattan Institute, en Estados Unidos, ha propuesto que las universidades vuelvan a poner las humanidades en el centro a través de un núcleo común de formación general a la luz de los cambios en la tecnología y de las habilidades transversales que los jóvenes necesitarán en un mundo volátil e incierto.
Todo esto configura la primera responsabilidad de la universidad: crear capital humano, cultivando las habilidades que nos distinguen como humanos, formando mentes con capacidad de adaptación, capaces de encontrar las respuestas a los problemas que todavía no existen.

Segunda responsabilidad: preservar el esfuerzo y la excelencia
Dejenme hablar primero del esfuerzo individual
Aquí aparece una paradoja inquietante.
Ya hemos dicho que la tecnología y la inteligencia artificial vuelve más urgente formar las habilidades que nos permita adaptarnos a un mundo incierto. Esa misma tecnología puede estarnos induciendo a invertir menos en cultivar esas habilidades y esa capacidad de adaptación .
Permítanme hacer una pregunta que parece obvia: ¿para qué sirve hacer la tarea en una universidad ? La tarea, como lo saben los buenos profesores. no vale por el producto que entrega. Vale por el proceso. La tarea sirve para pensar. Y pensar con esfuerzo, con error, con lucha. Eso es lo único que produce aprendizaje.
Hay evidencia reciente, y es contundente de que hay un problema . En China, un estudio siguió por más de dos años a veintiséis mil escolares que usaban la IA del modo más común que existe: pedirle a una aplicación del teléfono que les ayude a hacer la tarea. ¿El resultado inmediato? Las notas en las tareas aumentaron en 18%, y el tiempo para terminar la tarea se redujo en 30%. Mas efectividad, menos esfuerzo. Fantástico. Pero seis meses después, cuando los sentaron frente a un examen a libro cerrado —solos, sin máquina—, las notas se desplomaron. Y al siguiente año, las notas en los exámenes de ingreso a la universidad llegaron a caer hasta 24%. Más eficiencia para hacer las tareas, pero pérdida de aprendizaje.
Y otro hallazgo importante: los que usaron IA pero le dedicaron a la tarea el mismo tiempo y esfuerzo que los demás, no perdieron aprendizajes. La diferencia nunca estuvo en la herramienta. Estuvo en si el cerebro hizo el trabajo, o se quedó mirando cómo la máquina lo hacía por él.
Porque la IA es sólo eso: una herramienta. La misma IA que puede ser un tutor extraordinario se vuelve dañina cuando le quita al estudiante el esfuerzo que el aprendizaje exige. Y el problema no es de unos pocos: ocho de cada diez estudiantes del estudio terminaron tercerizando la tarea —el homework outsourcing—, dejando que la máquina hiciera el trabajo que le tocaba a la mente.
Los psicólogos cognitivos llevan décadas documentando que el cerebro no aprende cuando recibe respuestas. Aprende cuando lucha por encontrarlas. La dificultad no es un obstáculo del aprendizaje. La dificultad es un mecanismo para el aprendizaje. El esfuerzo es el aprendizaje.
Ese es el principio que separa la inteligencia artificial que forma,…. de la inteligencia artificial que sustituye el esfuerzo del humano.
Y por eso, hoy, la tecnología está produciendo tres tipos de estudiantes. Están los empoderados, guiados por buenos maestros, que usan la máquina para profundizar, para cuestionar, para aprender más de lo que aprenderían solos. Están los dependientes, que tienen la herramienta y la usan para eludir el esfuerzo, que entregan mejores tareas y acumulan menos conocimiento, convencidos de que aprenden cuando, en realidad, no aprenden. Y un tercer grupo son los excluidos, que no tienen conectividad, ni dispositivos, ni maestros formados, y para quienes el debate sobre si la máquina es buena o mala es, sencillamente, un lujo: ni siquiera están en la conversación.
Y estos tres mundos conviven, a pocos kilómetros unos de otros. En Lima, hoy dia , hay un colegio privado con una tableta por niño, inetrnet de banda ancha y profesores que usan estas herramientas con soltura y tienen ahora una educación más enriquecedora. En San Juan de Lurigancho hay un colegio público donde cuarenta tabletas se reparten entre doscientos alumnos. Y no hace falta viajar a la sierra de Cajamarca. Aquí , a pocos kilómetros, una escuela sin internet y sin baños. No es la historia de dos Perús. Es la historia del mundo. Y el riesgo es que la tecnología profundice una desigualdad que ya era inaceptable.
El esfuerzo de la sociedad
Y aquí permítanme conectar con una historia más grande, la del propio sistema educativo peruano. Acumular capital humano exige esfuerzo no solo de las personas (“tu tienes que hacer la tarea”) , sino también de las sociedades. Y como sociedad no nos esforzamos lo suficiente.
Lo vemos en un viejo dilema: el trade off cantidad vs calidad. entre 1970 y 2010, el Perú triplicó su matrícula escolar—algo que a los países ricos les tomó un siglo—, pero lo hizo a costa de la calidad: segundos y terceros turnos en la secundaria, deterioro en la inversión en los docentes, una carrera docente que pasó de ser de clase media a ser de baja valoración social. Luego, entre 1990 y 2020, la matrícula universitaria se multiplico por 5, impulsada sobre todo por una expansión privada que, en demasiados casos, fue una fábrica de diplomas. Eso de aumentar la cantidad a costa de la calidad. Nos ha pasado varias veces.
Y el dilema sigue vivo. Por un lado, queremos -debemos- ampliar las oportunidades de educación superior. Hoy solo tres de cada diez jóvenes que terminan la secundaria continúan a la educación superior; en los países de la OCDE es la mitad. Más de dos tercios de nuestros jóvenes entran al mercado laboral con secundaria o menos.. Hoy, en el Perú, llegar a un aula universitaria todavía es un privilegio. No debería ser un privilegio. Debería ser una promesa, una que este país aún no ha cumplido.
Pero, otra vez, ampliar el acceso no se puede hacer a costa de la calidad. Y aquí aparece un problema que, uno diría, no es culpa de la universidad: a los quince años, la mitad de nuestros estudiantes todavía no comprende lo que lee. Por eso muchas universidades, para llenar sus aulas, han terminado bajando sus requisitos de ingreso. El cuello de botella no está en la puerta de la universidad: está mucho antes, en la escuela. Y eso no lo arregla una beca por valiosa que sea Beca 18. Lo arregla trabajar el sistema entero, desde la primaria. Porque, sin mejorar la escuela, la educación básica,…..se corre el riesgo que una ampliación en el acceso a la universidad sea a costa de la calidad.
Cuando hablamos de calidad en las universidades de este consorcio, no estamos hablando de alcanzar estándares mínimos. Cuando me tocó implementar la reforma universitaria en el 2015, la tarea era asegurar un piso mínimo de calidad. Para estas universidades, la ambición es otra: aquí la ambición es la excelencia. Y la excelencia, como el aprendizaje, exige esfuerzo. Enseñar un concepto no es fácil; pero más difícil es enseñar pensamiento crítico o es enseñar a evaluar la solidez de un argumento. Por eso me preocupa tanto cuando a un alumno una lectura de diez páginas ya le parece demasiado. Leer trescientas páginas en una semana no debería sonar a tortura. Debería sonar a universidad.
Y permítanme ser autocrítico, porque la tentación del atajo no es solo de los estudiantes; también puede darse aquí. Es fácil señalar y acusar a las universidades que se volvieron fábricas de diplomas. Más difícil es mirarnos a nosotros mismos y preguntarnos si aqui —las universidades buenas, las de este consorcio— no hay la tentación a ceder. A premiar la respuesta rápida por encima de la pregunta difícil. A aligerar una lectura porque los alumnos protestan. A confundir la calidez y acogimiento que el estudiante necesita con una complacencia que lo perjudica. La presión por ampliar la oferta, por subir en los rankings, por tener estudiantes satisfechos, también nos empuja, quizás, hacia el facilismo. Y resistir esa presión —en nuestras propias aulas, no en las ajenas— es parte de la responsabilidad de la que hablo esta noche.
Y aquí debo detenerme en algo profundamente humano, porque me lo plantean una y otra vez: la salud mental de nuestros jóvenes. Es real, es global, y la universidad tiene que enfrentarla con seriedad. Pero también con lucidez. Porque hay que distinguir dos cosas que es fácil confundir. Existe un estrés sano, el que produce toda meta ambiciosa, toda aspiración en la que a veces fracasaremos. Nadie que ha logrado algo difícil dice que fue fácil. Ese estrés hay que gestionarlo, no eliminarlo, porque sin él no hay aprendizaje y mucho menos excelencia. Y existe el otro, el estrés crónico, el de la competencia destructiva y las expectativas irreales, que sí daña y que sí hay que evitar. El reto no es bajar la valla para que nadie sufra. El reto es sostener una experiencia exigente y, al mismo tiempo, una cultura de calidez que cuide a la persona. Darle al estudiante las herramientas intelectuales, académicas y personales que la vida en un entorno exigente y demandante le va a reclamar, y a la vez la calidez que asegura su bienestar. Las dos cosas. A la vez. Eso es formación para la vida.
Esa es la segunda responsabilidad de la universidad: no rendirse a la tentación del atajo. Defender el esfuerzo cuando hay la tentación de evitarlo. Y elegir la excelencia cuando sería más cómodo conformarse.

Y por último, una tercera responsabilidad: formar ciudadanos y custodiar la verdad
Llegamos así al plano que tal vez sea hoy el más urgente y el más frágil: el humanístico y el de la ciudadanía. Porque un fin último de la universidad —quizás el fin último— es la búsqueda permanente, irrenunciable, casi obsesiva, de la verdad.
Pero la verdad no se alcanza en soledad, ni en el acuerdo cómodo. La universidad tiene que ser, antes que nada, un espacio donde las ideas se confrontan. El descubrimiento no nace del acuerdo: nace de la confrontación. Si mi vecino de oficina piensa siempre igual que yo, conversaremos cómodamente y llegaremos juntos a una conclusión probablemente mediocre. Pero si mi vecino me dice que estoy equivocado y me da buenos argumentos, voy a tener que esforzarme mucho más para argumentar mejor, y el resultado será mucho mas rico. Un buen intelectual no le teme a la contradicción y la sana confrontación de ideas. Un buen intelectual prospera en ella. La universidad es el espacio para eso, para argumentar y encontrar la verdad.
Y déjenme contarles cómo entendí y ví esto, cuando era alumno de la Católica.
En esos años ochentas se dictaban dos cursos de Macroeconomía 1. Uno lo dictaba el profesor Óscar Dancourt, con Lucía Romero, usando el libro de texto de Rudi Dornbusch. El otro lo dictaba el profesor Iván Rivera, usando el libro de Robert Barro. Dos visiones de la macroeconomía , en la misma facultad, en oficinas contiguas. A mí me tocó llevarlo con el profesor Rivera, que fue mi mentor y luego me ayudó mucho en mi vida profesional. Pero como yo era un poco chancón, al ciclo siguiente volví a llevar el curso —de oyente— con Lucía Romero, para escuchar la otra versión. Y lo importante de esta historia es que en ese entonces nos parecía lo más natural del mundo que dos profesores con visiones opuestas y libros de texto distintos compartieran pasillo. Esa contradicción, lejos de ser un defecto, era la universidad funcionando exactamente como debía.
Vivimos -como dice Moisés Naím- en una era de posverdad, polarización y populismo, en la que cada vez es más difícil distinguir entre opinión, evidencia y desinformación. O, peor aún, en la que se desprecia la necesidad misma de distinguirlas. Lo vemos en cada debate: la pregunta deja de ser «¿qué propuesta funciona mejor?» y se convierte en «¿de qué lado estás?». Se admira al que dice «esta es mi opinión y yo soy tajante», «yo soy radical», «las cosas son blancas o negras». Y confieso que eso -esa superficialidad arropada de firmeza- me produce una profunda preocupación pero sobretodo desprecio. Porque la verdad casi siempre tiene matices, condiciones y grises. Y no es un problema peruano; es global, y esas superficialidades aparecen en el debate sobre los inmigrantes, sobre el clima, sobre el papel del Estado.
¿Cuál es entonces el rol de la universidad? Ser uno de los pocos lugares donde todavía se puede disentir sin romper el diálogo. Donde se cultive una cultura de debate y no una cultura de cancelación. Donde se exponga a los estudiantes a ideas distintas, incluso incómodas. Y donde se formen personas capaces de cambiar de opinión frente a nueva evidencia, capaces de debatir ideas sin descalificar personas.
Esto no es fácil. Es mucho más difícil que enseñar teoría del comercio internacional, química orgánica o resistencia de materiales. Enseñar a pensar críticamente, enseñar a separar la verdad de la opinión, es lo más difícil que hace una universidad. Y, sin embargo, es lo que más necesita el país.
Por eso me preocupa la presión creciente para excluir voces del debate. Se critica a una universidad por invitar a tal o cual expositor. Crece la tentación de escuchar solo a quienes piensan como nosotros. Son las cámaras de eco de las redes sociales, y pueden ser males inevitables allá afuera, pero son inaceptables aquí adentro. Más aún: la universidad debe ser, con orgullo, exactamente lo contrario.
Porque si ciertas conversaciones no pueden ocurrir en la universidad, ¿dónde van a ocurrir? Si los jóvenes no aprenden a debatir productivamente en el campus, difícilmente lo harán en la política o en la sociedad. La universidad no existe para protegernos de las ideas. La universidad existe para enseñarnos a enfrentarlas.
Y la responsabilidad no termina en el aula. Tenemos un problema cuando vemos que la evidencia científica no siempre influye en las decisiones públicas. Peor el problema más grave, hoy día, es que hay quienes ya no quieren que influya. En América Latina abundan los líderes, de izquierda y de derecha, que dicen «yo soy pragmático, yo resuelvo, no necesito el lenguaje complicado de los académicos». Alguno llegó a llamar «enemigos» a los profesores universitarios. Cuando un líder llama ‘enemigos’ a los catedráticos, no está atacando a un gremio. Está atacando la idea de que la verdad importa. Y por eso el rol de la universidad hoy es más difícil que nunca: ya no se trata solo de influir en la política con la mejor evidencia, sino de defender la idea misma de que la evidencia debe importar.
Esa es la tercera responsabilidad: custodiar la verdad. Formar ciudadanos que distingan la evidencia del eslogan. Y sostener, contra la corriente, que buscar obsesivamente la verdad es la forma más alta de servir al país.

El cierre: esa es nuestra tarea
Empecé hablándoles de cuatro planos —el académico, el técnico, el humanístico y el de la ciudadanía— y de tres responsabilidades. Formar para un mundo incierto. Fomentar el esfuerzo y la excelencia. Buscar y custodiar la verdad.
Si se fijan, las tres tienen una raíz común, y es la palabra con la que empecé esta noche: el esfuerzo. Aprender exige esfuerzo. La excelencia exige esfuerzo. Buscar la verdad contra la corriente exige esfuerzo. Y formar a toda una generación capaz de las tres cosas exige el esfuerzo de toda una sociedad —un esfuerzo que todavía no hemos hecho
No hemos puesto, todavía, ese esfuerzo. Y mientras no lo pongamos, hay un niño que pierde un día. Hay un joven que pierde un año. Y hay una generación entera que pierde un futuro que nadie le va a devolver.
Pero hay una razón para el optimismo, y está en esta sala. Las universidades de este consorcio no forman cualquier capital humano. Forman a los profesionales innovadores y emprendedores, a los que diseñarán las políticas, a los investigadores que producirán el conocimiento, a los maestros que enseñarán a los maestros, a los ciudadanos que engrandecerán la democracia. Los futuros líderes de este país se están formando hoy, en este momento, en estas aulas. Y eso no es una metáfora: muchos de ellos, probablemente, están escuchando esta noche.
Por eso esta noche no les pido que formen grandes profesionales. Eso ustedes ya lo hacen, y lo hacen bien. Les pido algo más difícil y a la vez más valioso y noble. Que formen personas que sepan adaptarse a un mundo que no podemos predecir. Que formen personas que no le teman al esfuerzo ni a la dificultad, y busquen la excelencia. Y que formen personas capaces de buscar la verdad y defenderla.
Esa es la responsabilidad de la universidad peruana. Y en este consorcio, esa responsabilidad es mayor.
Muchas gracias.
JAIME SAAVEDRA CHANDUVÍ
Director de Desarrollo Humano para América Latina en el BANCO MUNDIAL
Ex-Ministro de Educación del Perú
Lima, 26.06.26

Imágenes: DCI – PUCP, UPCH, Consorcio de Universidades.